29 agosto, 2008

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Para hablar de Carla Cordua hay que tener en cuenta una lista de datos. A sus 83 años ha escrito cerca de doce libros de filosofía y literatura, es catedrática de de la Universidad de Chile y de Universidades de otros países, además es miembro de la Academia de la Lengua Chilena. Entre sus textos nos podemos encontrar desde Heidegger, Kafka, a la Revolución pingüina o el Tansantiago. Ha leído y estudiado un sinnúmero de libros, apasionándole tanto la filosofía como la literatura. Está casada con otro filósofo, Roberto Torretti, con quien fundó a fines de los años ‘60 el Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile.

Asegura que desde los 4 años lee el diario y hoy en día es columnista del Artes y Letras de “El Mercurio”, donde dedica una reflexión crítica e interesante acerca de cultura, filosofía y poesía. En uno de sus artículos citó al poeta Claudio Bertoni, de quien rescata su lenguaje, y más aún la poesía a partir de hechos cotidianos. Es notorio el interés de la filósofa por este tipo de poesía, y de autores como T.E Hulme, poeta que a comienzos del siglo XX pretendía hacer poesía de modo corriente “como hablaría de cerdos”.
Entre los autores a quienes ha dedicado sus reflexiones nos encontramos con Borges, Dostoievsky, Machado y Kafka, al que ha tenido la suerte de haber leído en alemán: “es increíble, espeluznante, cuando lo leí en alemán me di cuenta que aspectos como su sentido del humor, se pierden en la traducción. Kafka tiene la imaginación al nivel de aquellos que inventaron las mitologías griegas”.

La obra de Carla Cordua se mueve libremente entre la literatura, filosofía, y cultura. En su libro Incursiones, publicado por Ediciones Diego Portales, postula interesantes estudios literarios sobre Cervantes, Joseph Conrad, J.M. Coetezee y Juan José Saer, sin dejar de lado la discusión crítica acerca de temas planteados por autores como Husserl, Heidegger, Sartre, Cioran y Sloterdijk. En el mismo libro también pone en discusión la “identidad nacional” como algo imposible de determinar: “Se habla de identidad en países que tienen dos mil años de existencia, más de una historia de integración sucesiva. Y lo que yo afirmo es que no puede existir una teoría de la identidad, como pretenden algunos intelectuales. No es un objeto para estudiar como la vida de las hormigas. La identidad chilena no se define, por ejemplo, por las empanadas y el vino”.

Carla Cordua trabaja hoy en día como Directora de la Revista de Filosofía de la Universidad de Chile, siempre tiene alguna actividad fuera de su casa, tratando de mantenerse en contacto con lo contingente: “Lo único que tengo bien es la cantidad de energía. Sigo trabajando, hago millones de cosas”.

Aquella autonomía que ha demostrado, se da desde muy temprano, en una adolescencia marcada por el deseo de independización. Carla Cordua se casa a los 18 años porque estaba aburrida de su casa, tuvo su único hijo y se separó, luego decidió estudiar Filosofía porque pensó que era fácil y podía trabajar al mismo tiempo, pero no fue tan fácil como pensaba: “ al poco andar, comprendí que la independencia parte por la independencia económica”. Aún así terminó siendo muy tempranamente ayudante y luego profesora en la misma Universidad. Las tareas difíciles la motivaron a seguir estudiando a autores cada vez más complejos: “Tengo una vocación para complicarme la vida, que no sé de dónde la he sacado. Como que me provocan las cosas difíciles. Y una vez que uno se mete en esto, es una disciplina muy fascinante”.

Estudió en el Pedagógico de la Universidad de Chile, donde conoció a su actual marido. Después de haber fundado el Instituto de Estudios Humanísticos y haber luchado por mayores beneficios para los estudiantes, se va de Chile junto a Roberto: “Nos fuimos de Chile porque estábamos muy aburridos con la llamada reforma universitaria y la peleas que había en el año 70, antes de la elección de Allende. Y nos quedamos 28 años. No vivimos ni la Unidad Popular ni el Régimen militar”. Durante esos 28 años fuera, en New York y Europa, aprendió a perfeccionar el alemán y llegó a aprender cerca de 6 idiomas, base que considera fundamental para entender filosofía, y que cree que falta en la educación universitaria en Chile: “la tradición filosófica en castellano es muy pobre”.

El año pasado fue condecorada al Mérito Amanda Labarca que entrega la Universidad de Chile cada año a mujeres que destacan en diversos ámbitos profesionales. Mérito que refleja la indiscutible tradición que inaugura el pensamiento crítico y filosófico de esta escritora.